24/09/2009
- Sepa disculpar, pero no dejo que nadie entre a mi casa.
Se ha rayado la pantalla donde te veía por las tardes, ya no se escapa el sol, ya no brillan los ojos del viejo guardián y no hay ungüento que te aguante… has envejecido.
Agrieto la puerta de la vieja posada y ya no estás, tampoco están los niños, ni Cortazar entre tus manos por la noche, el fuego ha desistido y las cenizas muestran el rostro desgastado de un tal Josué que alguna vez amaste… que alguna vez quemaste.
Y ya no hay aleph, ni libros de arena, tampoco hay anticristos, ni memorias del subsuelo, ni unicornios, ni túneles, ni nada…ya no hay… ya no hay, y lloro.
Me siento en el descanso de la escalera y prendo un negro, esforzándome por tragar todo el humo posible, por aspirar hasta ahogarme y morir ahí, en esa casona que huele a vos, que sudan las paredes el vapor que alguna vez inventamos, tu primera vez y mi centésima vez, tus manos inútiles, mis ojos cansados, todo aquello se ha convertido en aire denso con olor a abuelas, a noches abulicas, a mujeres sin sentidos, a niñas famélicas.
- Oiga usted, no dejo que nadie entre a mi casa, váyase. (susurra una voz cansada desde el ático de la casona).
- Sepa entender, pero la puerta estaba abierta y este lugar me tienta.
- ¡Váyase! (un grito seco, una voz conocida que me hace saltar del descanso… miro para arriba)
- ¿Beatriz, es usted?
- Acá no vive ninguna Beatriz, esa mujer se ha muerto hace años, ahora ¡váyase!
- Esos absurdos cuidados de realeza que siempre tuviste por la parte esclava de tus pliegues insulsos Beatriz, a mi no me engañas.
- Esas absurdas palabras tuyas, tan absurdas como tu falso porte inglés, como tu orgullo de obrero de mundo ¡maldito perro italiano!, no me vengas a decir a mi que es lo absurdo, majadero.
- Solo vine a recordarte, a cerrar mi historia contigo.
- Ya entraste, y me escuchaste, ahora te vas, hace años que no existe historia alguna, que no existen recuerdos, ni voces, ni libros, hace años que ya no existes, ni existo.
Caminé lento hacia la puerta, su respiración envenenada me calentaba el cuello y sus ojos me lastimaban las vértebras… últimos pasos, últimos vasos, giré la perilla y deje escapar los fantasmas de mi pecho… Beatriz, Cortazar, Borges y los posaderos… todos en mis cenizas de fuego y mi rostro hollinado que descansa entre sus manos, que duerme en el escaso calor de su pecho manchado…
Beatriz vuelve a latir… Josué ya no es más que viento.

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el, el enigmatico, el q es mas inalcanzable para aquellos q mas lo anhelan...
y ahi estamos, muchas miradas y un pelado a unos 10 metros q casi lo podemos tocar de cerca q
esta...
y atras una multitud q con su hedonismo por delante, casi podia ver de reojo el sentimiento del q
esta a su lado!!...
un caldero de sensaciones, yo simplemente agradezco estar vivo para contar una de las miles de
versiones del infierno en la ciudad...